HOY ESTOY RARO

PALABRAS SUCIAS.

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Juan.

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    Había pasado la tormenta y olores y ruidos molestos subían hasta el altillo de la casa de Alessandra, donde yo vivía esas vacaciones. Olor fresco y húmedo a tierra, a pasto y a luna. Olor a luna mojada sin sueño,
una bicicleta inglesa guardada en la intemperie y con el mar de brújula esa noche salí por un camino de pinos pesados de agua. Ruiditos de granitos de arena y ramitas secas cantaban las ruedas con coro de perros invisibles que custodiaban la noche y ¿Cuántos son? ¿Por qué no puedo verlos? ¿O será el mismo uno que viaja en la humedad del aire hasta convertirse en otro lejano?
Manuel, el perro de mi amiga me guiaba distante, adelante, desconfiado. Noche. Fresco. Luna. Arena. Arbustos. Pinos de troncos altos y ¿cómo saben éstos dónde es arriba?
¿Dónde está el mar? ¿Adónde se metió este pelotudo? y me perdí y Manuel ya no estaba, ni los pinos. Todo había desaparecido bajo la arena como en un cambio de Era y la noche se convirtió en una línea infinita en su límite con el mar.
Me senté. Tardé media hora en encender mi porro. Sombras volaban mi oscuridad, el cielo perforado velaba mi angustia; abracé mis piernas y lloré….

Y soñé que lloré y mis mundos de sueños y conciencia se fundían en uno; ya no podría en adelante saber si soñaba o estaba despierto y me condenaba a no descansar jamás. Me desperté de golpe sin saber que había despertado, o seguía soñando que había despertado acostado en la arena, y lo primero que vi o soñé que vi fue una silueta de humano con sol de fondo, de pie, sobre mi cabeza; su sombra coincidía forzadamente al revés con mi cuerpo. Mi cuerpo y su sombra sin límite preciso.
Había sido un sueño y Juan había entrado en él despierto o dormido, sin límites y sin darme cuenta.

 

Written by hoyestoyraro

marzo 26, 2009 at 3:55 am

Sigue lloviendo.

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Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

El aplastamiento de las gotas.
Julio Cortázar.

Written by hoyestoyraro

octubre 12, 2008 at 10:17 pm